viernes, marzo 26, 2004

Delirios

Bebo Valdés y el Cigala inundan mi noche enferma de viernes. Mis amigos están lejos de mi fiebre y las pastillas, como en otro mundo distinto al mío. Temo al sueño, especialmente hoy después de una noche de pesadillas y montañas, sacrificios y esfuerzos por escaladas oníricas al borde del delirio.
El dolor de huesos no deja de susurrarme a modo de pinchazos persistentes que aún estoy viva y que el dolor es parte más de esta vida. Tengo tan pocas fuerzas que ya ni siquiera puedo creer, mística y alegremente, en el supuesto poder curativo de la mente y los milagros energéticos que tan de moda están. El reloj tarda más de lo normal en cambiar de minuto y ya no recuerdo como es andar por las calles bajo la lluvia, toda una lástima porque hoy era el día perfectamente gris para tomar la ciudad con un paraguas, nada más.
Por suerte, esta fiebre no me deja pensar más de lo estrictamente necesario y me evito el rondar de ciertos fantasmas que hace tiempo que no me dejan ni dormir sola. En mi mente, sólo hay cabida para preocupaciones básicas como mi salud, la hora de la pastilla, el trabajo que no hecho de menos, la botella de agua que se acaba y lo mucho que te echo de menos. Ningún rastro vago de la metafísica maldita que no me deja vivir, del agobio por un reloj o del vacío que se instala en mí cuando vivo en la ardua rutina.
Una frase que recorre mi pensamiento desde este mediodía, "la emoción es líquida".Una enigmática forma de hablar de las lágrimas, demasiado bella para no asustarme. Quizá el desencadenante de todo esto sea el paracetamol, tengo la sensibilidad a flor de piel y un agradable nudo en la garganta que me impele a llorar a moco tendido viendo la publicidad en televisión o escuchando el noticiero de las tres. ¿Será que me siento arrebatada del orden, desterrada de cualquier otra vida que no sea fiebre y escalofríos? Imploro a un dios inexistente que se lleve lejos la enfermedad y el dolor,pero no renuncio a este extraño estado de suspensión en el que todo se acerca y se aleja a un ritmo trepidante a veces, exasperadamente lento en otras. Me pregunto por el secreto de nuestros cuerpos que está demasiado bien escondido entre tanto moco y fluído asqueroso, entre texturas vomitivas y latidos tremendamente vivos. La violenta acción de la carne en su más alto apogeo, pero esas voces oscuras de la mente que lo controlan todo en secreto. Siempre en la sombra de una uña, un codo o un diafragma, todos ellos imprescindibles para esa extraña conciencia que somos y que todo parece saberlo más bien de lo que pretendemos creer.
Te recuerdo de nuevo y la emoción es líquida.