martes, febrero 01, 2005

Los impostores


broken - Adam Haze

Me senté en el último banco de la iglesia al lado de una desconocida. La observé de reojo: tenía más o menos mi edad y parecía algo inquieta. Creo que no prestaba demasiada atención a la ceremonia ya que jugueteaba de forma mecánica con la piedra azabache engastada en el anillo que adornaba el dedo corazón de su mano izquierda. Al sentirse espiada por un extraño, clavó sus ojos molestos sobre mí y me obligó a desviar la curiosidad hacia el florido altar en el que transcurría aquella monótona comedia teatral.
María , mi futura esposa, lucía un precioso vestido blanco a juego con las delicadas flores del ramillete y un velo que cubría parte de su rostro. Yo estaba de pie junto a ella, casi de espaldas a los invitados, sumido con total devoción en las palabras del padre Aurelio.
Me hallaba entallado en un rígido frac negro y, visto desde lejos, era patético ya que parecía un pingüino encarcelado a punto de besar un merengue bajo la atenta mirada del incansable charlatán enviado por Dios. Observarme con aquel ridículo disfraz removió mis más amargos recuerdos infantiles. La obsesiva imagen de mi madre alzándose ante mí y tendiéndome una horrible camisa que sería mi regalo de cumpleaños. Me decía que era preciosa y que me la pusiera pero yo sólo tenía ojos para aquellas horrorosas puntillas que engalanaban los puños y el cuello. Según ella, con aquella camisa sería el niño más guapo de la escuela pero no tardé en constatar – por las risitas crueles a mis espaldas – que mis compañeros de clase no opinaban lo mismo que mamá. Aún así, por alguna incomprensible razón, obedecía sin rechistar a esa señora que me había dado la vida y me cuidaba con todo su amor pero me humillaba, sin saberlo, con su empalagosa protección y su asfixiante autoridad azucarada.
Miré a María y ella me devolvió la mirada con una tierna sonrisa mientras, frente a nosotros, el padre Aurelio proseguía con su divina perorata. Ladeé un poco la cabeza para poder atisbar a los invitados de las primeras filas. El abuelo Facundo lloraba emocionado y papá le tendía un pañuelo mientras le tomaba del brazo. También estaban mis dos tías, Virtudes y Constancia, que no podía reprimir sus comentarios por lo bajito y no se perdían detalle alguno de la boda. En la cuarta fila vi a Fermín y a Nito, mis inseparables amigos de la infancia, que habían acudido con sendas esposas e hijos. Pero más allá de ellos mis ojos se extraviaban en la vasta congregación de familiares lejanos, colegas del trabajo y parientes o amigos de María.
Desde el último banco no gozaba de una gran perspectiva pero veía lo suficiente para reconocer a la pelirroja prima Ana, sentada al lado de tía Constancia, a Carlos Mendoza, amigo y socio de mi padre o a Nito y Fermín con sus respectivas familias. Los nenes estaban ensimismados mirando el techo de la iglesia con cara bobalicona. Se aburrían soberanamente, se notaba, con aquella pantomima del anciano con túnica blanca que alzaba los brazos al cielo y explicaba cuentos sosos de pastores, de ovejas y de su padre, el señor Dios. A medida que avanzaba el sermón, en sus caras y en la mía se iba dibujando el terror y el desconcierto que provocaba aquel ser divino al que tanto loaba el padre Aurelio. Según decía, Dios era fuente de amor y misericordia pero, para mí, aquel ente etéreo se reducía a una estúpida farsa. Su implacable sombra caía a diario sobre el mundo en forma de guerra, miseria y muerte pero resulta que nadie se percataba de ello. Paradójicamente, todos adoraban a aquel ser supremo que crucificaba a su hijo en nombre del amor. Todos le aclamaban, todos excepto yo. ¿Cómo se supone que he de venerar a un padre que me crucificó en el despacho de su empresa sin consultarme antes? Si por lo menos hubiera tenido vocación de arquitecto ... yo nunca quise diseñar casas unifamiliares, yo quería ser geólogo y vivir en el campo, pero a nadie le importó. Tenía que esconder la colección de minerales bajo una baldosa de mi habitación porque papá opinaba que sólo eran unos pedruscos y mamá decía que pronto haría limpieza y los tiraría todas esas estúpidas piedras a la basura.
El leve traqueteo del banco me arrancó de mi ensueño, la mujer de al lado no podía estarse quieta. Se movía todo el tiempo; cruzaba y descruzaba las piernas cada treinta segundos, carraspeaba nerviosamente, farfullaba palabras ininteligibles y frotaba con sus dedos sudorosos la piedra del anillo una y otra vez. Tuve la tentación de preguntarle si se encontraba bien o si le apetecía salir a tomar el aire pero deseché esa posibilidad de inmediato porque no quería perderme por nada en el mundo el momento culminante de la ceremonia.

- Eduardo Martínez Romero, ¿aceptas a María Valle López como esposa?- dijo el párroco.
- No, ¡no quiero! - grité yo desde la última fila. Pero el padre Aurelio, como el resto de los invitados, hizo caso omiso a mi tajante negativa y prosiguió a realizar la misma pregunta a María. Ella contestó con un ‘sí quiero’ tan natural como el mío y llegaron los anillos. Yo le puse el anillo con suma delicadeza pero ella lo arrojó furiosamente contra el suelo. La piedra de azabache estalló retumbando en las paredes de la iglesia al mismo tiempo que gritaba con voz firme su ‘No quiero,¡no!’, pero ya nadie escucharía aquel grito sepultado bajo la trepidante marcha nupcial y el beso sordo de los recién casados.


Laia


los amantes  - René Magritte